lunes, 8 de abril de 2013

La transmisión de los oradores y rétores griegos - Transmission of Greek orators and rhetors



Editado en 2012 por Logos Verlag, Berlin. 332 páginas. Maquetado en Xe(La)TeX, con fuentes New Caledonia y GFS Porson. Se trata de una obra colectiva, editada por el profesor Felipe Hernández Muñoz, que recoge artículos sobre oratoria y retórica griegas de Luana Quattrocelli, Fernando García Romero, Inmaculada Pérez Martín, Jana Grusková, Stefano Martinelli, entre otros.

http://www.logos-verlag.de/cgi-bin/engbuchmid?isbn=3168&lng=deu&id=




jueves, 14 de junio de 2012

Algunas páginas de DVD Ediciones

Una muestra de algunos de los libros que he maquetado y diseñado para DVD Ediciones usando el sistema TeX, principalmente xeLaTeX. La fuente de cabecera, inconfundible, es la Garamond Pro de Adobe, diseñada por R. Slimbach. Quedan aquí estas páginas, como un pequeño homenaje.


 Adulto extranjero, de Martín López-Vega (pág. 14)







 Poesía completa de Alberto Caeiro, de Pessoa (trad. de Manuel Moya) (pág. 71)




El fósforo astillado, de Juan Andrés García Román (pág. 34)



Vitral de Voz, de Carlos Fernández López (con dibujos de Héctor Solari) (págs. 54-55)




Me incitó el espejo, de David Rosenmann-Taub (antología a cargo de Álvaro Salvador 
y Erika Martínez) (pág. 118)

 Poemas a la noche..., de Rilke (trad. de Juan Andrés García Román) (pág. 437



Y un detalle del código fuente (preámbulo) para La adoración, de Juan Andrés García Román.

sábado, 3 de marzo de 2012

Ligaduras (II)

(Este texto se publicó originariamente en Las diosas y las nubes, el 18 / 9 / 2009)

A finales del XVIII la Universidad de Oxford encargó al gran tipógrafo John Baskerville el diseño y fundición de unos tipos griegos para una edición escolar del Nuevo Testamento. Hace unos años, Sophia Kalaitzidou hizo un estupendo trabajo de recreación digital de esa fuente para la Greek Font Society. La tecnología open type permite reproducir fielmente el gran número de ligaduras ideadas por Baskerville. Aquí les muestro un par de ejemplos de mi "work in progress" con el profesor Felipe Hernández Muñoz. En este caso es el comienzo de la edición crítica de un opúsculo del rétor Alejandro (s. II d. C.), fruto de sus clases de crítica textual en la Universidad Complutense de Madrid. Ambos ejemplos están compuestos en XeTeX, uno de los últimos avances en el sistema TeX. El segundo ejemplo, con todas las ligaduras open type activadas (un click en las imágenes para ampliar). Una muestra más de la potencia de TeX, a años luz de los sistemas de maquetación tradicionales. Espero que les guste.

Ligaduras (I)

(Este texto se publicó originariamente en Las diosas y las nubes, el 10 / 7 / 2009)





Al poco de emprender esta bitácora en su versión primera, hará ya dos años, me quejaba del desprecio que muestran casi todos los maquetadores por mi querida ligadura fi. Un síntoma más entre tantos de la casi nula atención que se presta hoy a la microtipografía, o la tipografía de los pequeños detalles. Pero es que este caso, en concreto, me crispa los nervios, porque la ligadura fi, ante todo, es de obligado uso si no queremos ver a las pobres efes de arco pronunciado lucir una imprevista nariz de payaso que interrumpe la lectura entre accesos de bilis. El ejemplo aducido arriba está en una (omnipresente) Times New Roman. Ver cosas como ésta en un libro, y además si el libro es malo, conduce a añorar con pasión el potro de tortura.


Levantada acta, una vez más, del desconsuelo, sí quería hacer aquí un breve apunte sobre ese intrigante mundo de las ligaduras de corte más decorativo, una extravagancia tipográfica casi tan vieja como la imprenta y que ha resucitado por enésima vez con la tecnología, apasionante, de las fuentes de formato open type, ciertamente beneficiarias de la famosa distinción de Unicode entre caracteres y glifos. Los primeros vendrían a ser como el arquetipo, la idea platónica de la letra. Los segundos, su posible (y múltiple) realización concreta en el papel. En las fuentes open type, los glifos pueden cambiar según el entorno, y esto es el paraíso de las ligaduras decorativas. Véase un ejemplo con la hermosa fuente caligráfica Ex Ponto Pro, diseñada por Jovica Veljović, en el estupendo gestor de fuentes Fontmatrix, una excusa más para pasarse a linux (click para ampliar la imagen y activar la animación).


La fuente Palatino Lynotipe, última entrega de la Palatino del gran Hermann Zapf, está dotada de unas cuantas ligaduras que fueron muy habituales en el mundo anglosajón. Fíjense en los dígrafos del ejemplo siguiente, más que en el discutible y apresurado sintagma:

Pero donde las ligaduras lucen con todo su adorable delirio es, sin duda, en los primeros tipos griegos que se fundieron para las imprentas, inspirados en la cursiva bizantina de los manuscritos. Y entre ellos, cómo dejar de citar a los Grecs du roi, la obra maestra de Claude Garamond entregada a la imprenta real francesa en el siglo XVI para las ediciones críticas de Robert Estienne.

(http://www.garamonpatrimoine.org)

De los Grecs du roi hay una notable versión digital de los años 90 a cargo del lituano Mindaugas Strockis. Hermosa aproximación, pero lastrada por la vieja barrera pre-Unicode que limitaba el número de los glifos en las fuentes. ¿Quién puede ponerle vallas al campo o barreras a los desmesurados griegos del rey? Aún así, las ligaduras se intentan emular con diversa fortuna, mediante una generosa asignación de kerning o ajuste de espaciado entre pares de letras. Un ejemplo de un servidor, con errata (falta la mu de "Mousa"):

Ya ven. Llega el verano, y ante la preocupante carestía de musas de diverso pelaje uno se consuela jugando con sus fuentes y hablando de ligaduras, un asunto que daría para muchas cervezas, aun a riesgo de repetirse demasiado. Es muy grato comprobar cómo hasta la tipografía, que es mesura, orden, proporción y matemática, encuentra sus particulares contradicciones cuando quiere regresar a la mano del escriba. Por contra, el plomo del fundidor ha de individualizar cada letra y colocarla en línea una junto a otra, a la manera de los edificios de la república perfecta. Pero la mano del escriba, como tantas cosas mundanas, como la poesía, está hecha de tiempo. Por eso es incomprensible.


lunes, 13 de febrero de 2012

El futuro del libro, internet y poesía (un apunte)

A principios de los setenta del pasado siglo, Donald Erving Knuth, profesor de matemáticas y computación de la Universidad de Stanford, se llevó un disgusto mayúsculo. Le habían entregado —cuentan— las galeradas de uno de los tomos de su obra magna, The art of computer programming, y las encontró tan deficientemente compuestas que no pudo más que rechazarlas de plano y echarse a pensar. ¿Podía un autor que iba a entregar su original a la imprenta confiar ya en un tipógrafo? Peor aún, ¿quedaban todavía tipógrafos y cajistas en el mundo para heredar y preservar todo el acervo de una tradición que se remontaba hasta Gutemberg? En el pasado feliz, el escritor escribía, bien o mal, y el impresor imprimía, con mayor o menor merecimiento, la obra del primero, liberándolo de eso que hoy los procesadores de texto llaman «formato», y que es una enfermiza obsesión del autor por puntos, cíceros, márgenes, cursivas, versalitas y demás. El futuro, desde donde escribo estas líneas, se presagiaba confuso, como siempre, aunque pocos dudaban de que estaría plagado de ordenadores. Así que Knuth, uno de los padres fundadores de la informática moderna, decidió crear un tipógrafo binario. No una herramienta digital de tipografía, sino un autómata que guardase en su código las rutinas artesanas de los viejos cajistas. Con mucha intención el programa sería bautizado como TeX (escrito así en caracteres asci), que es una abreviatura de la palabra griega téchne. El programa está considerado por muchas autoridades en tipografía como la mayor revolución en el arte de imprimir desde la invención misma de la imprenta, y sus complejos algoritmos han sido tomados, entre otros, por el moderno programa de maquetación InDesign. Knuth numera las distintas versiones de TeX como aproximaciones a Pi, una forma de aceptar que roza asintóticamente la perfección. El ansiado número sólo llegará tras su muerte, en la última versión donde los pocos errores que el programa pueda tener serán considerados, en palabras de su autor, «características».

Al final de esta pequeña fábula, encontramos que los ordenadores sí eran capaces de hacer hermosos libros, con el refinamiento de los maestros de antaño. Cabe preguntarse si los ordenadores o, mejor dicho, una red global de ordenadores conectados entre sí pueden, con igual diligencia, abolir el libro tal y como lo conocemos hoy.

Cabría preguntarse también qué es un libro. Borges respondería que un simulacro de la memoria. Uno, en sus momentos más autocomplacientes de pensar abstracto, puede llegar a afirmar que Internet se ha convertido en nuestra memoria colectiva, una especie de disco duro planetario, el colmo del nirvana enciclopédico donde cada minúscula conciencia individual, fatalmente, se disuelve en polvos de wikipedia. Pero especulo que las cosas son, en el fondo, adorablemente más banales. Internet, me parece a mí, es sobre todo un amplificador de las relaciones personales, un curioso chat cósmico, un patio de vecinos descomunal donde se cruzan vidas que en otras condiciones no sabrían en absoluto de su mutua existencia. ¿Para hacer qué? Para lo de siempre. Hay sexo, intrigas, violencia, política, estafas, amores, traiciones, etc. Incombustiblemente, también tendrá que haber poetas. Muchísimos poetas que abren un blog para dar a conocer su poesía. Grandes poetas, mediocres y malísimos, como en la vida misma, es decir, como en los escasos anaqueles de las no menos escasas librerías que aún ofrecen libros de poesía.

Ésta es la situación a ojos vista, y nadie puede negarla. Ahora bien, se hace tremendamente fácil caer en dos errores muy comunes, uno por cada perspectiva, la del papel y la digital, aparentemente enfrentadas. El primer error sería pensar que hay dos literaturas: una «seria», la de los libros, y otra «amateur», la de la pantalla. El segundo, suponer que Internet es la evolución de la imprenta y que acabará, tarde o temprano, extinguiendo ese objeto que llamamos «libro». El primer error, a mi juicio, se refuta fácilmente, pues es tan palmario que se publican malos libros como que hay excelentes autores inéditos en papel. Litigar con el úlimo es más una batalla sentimental que otra cosa, y aún así me afanaré por defender mi plaza fuerte, no sin un cierto equipaje de dudas y entusiasmo.

Porque ese objeto que llamamos «libro», creo yo, es algo elemental, un arquetipo, una idea platónica e inmóvil. Su inapelable eficacia se basa en su sencillez, así que hablar de «libro electrónico», como tanto se oye hablar últimamente, no deja de ser una contradicción en los términos. El libro es un objeto inevitable como la rueda y la silla. Puede haber ruedas y sillas muy sofisticadas, cierto, pero ningún entramado tecnológico se necesita para que la rueda sea rueda y la silla sea silla, por lo cual, precisamente, están condenados al fracaso todos esos artilugios de delirio estilo opereta espacial que, cíclicamente, alguna empresa inventa y expone con pretensiones de sustituir al libro.

La tipografía, por otra parte, es un arte pensado exclusivamente para el papel. No se puede (no se debe) emular en una página web. Cuando el gran tipógrafo Stanley Morison, autor de la Times New Roman, afirmaba que la mejor composición tipográfica tenía que ser invisible, sabía muy bien de qué hablaba. El objetivo esencial de la tipografía es estar al servicio del texto, garantizar, en la medida de lo posible, su legibilidad. De hecho, el fin último de un libro es ser leído. En cambio, una página web puede ser mucho más dinámica. Sirve para ser usada más que leída. Usted, por ejemplo, puede copiar este texto en un documento de Word y darle el formato que se le antoje. Puede imprimirlo para leerlo en su sofá o tirarlo a la papelera, puede pegarlo en un mensaje de correo electrónico. En dos palabras, si un libro tiene su propio lenguaje, que es la tipografía, las páginas web también tienen el suyo, sutilmente distinto, cuyo fin es el intercambio de información; un lenguaje tanto más eficiente, de igual modo, cuanto más invisible. Aparentemente, este lenguaje comparte con la tipografía ciertos elementos de formato (cabeceras, cursivas para marcar los énfasis, división de párrafos, etc), pero se trata sólo del lado «visible». Las tramoyas residen en el código fuente de la página, el que garantiza la estructura lógica de un texto infinitamente reciclable.

Pero si la tipografía y el lenguaje de las páginas web buscan la invisibilidad, todo poeta que se precie pretende absolutamente lo contrario. Tras la llegada de Internet y, sobre todo, de los blogs gratuitos, basta con un ordenador conectado para intentar conseguir tal objetivo. Llegados a este punto, cabe hacerse otra pregunta, muy de moda últimamente. A saber, ¿vale igual publicar un poema en el propio blog de uno que publicarlo en un libro de una editorial de poesía? La pregunta puede tener mil respuestas difíciles como una hidra, pero me atrevería a objetar, ante todo, su planteamiento. Colgar un poema en un blog puede parecerse más a lo que hacía Lorca cuando andaba leyendo parte de su Romancero gitano en la Residencia de Estudiantes. O al ámbito oral de los poetas griegos arcaicos. O, sencillamente, a enseñarle el poema a unos amigos. Por otra parte, publicar un poema en un libro supone aceptar, no sin cierta complacencia, una superstición tan antigua como la escritura, pero que sólo la invención de la imprenta fue capaz de otorgarle moldes determinantes. Supone aceptar que un poema, en un momeno dado, puede convertirse en un texto fijo, inamovible, definitivo. Pueden propagarse, superponerse en el espacio y el tiempo las versiones manuscritas de un poema. Éste se puede corregir y enmendar en un blog innumerables veces. Pero la gracia de la imprenta estriba en cercenar toda vuelta atrás, y arrojar cuanto no pertenezca al texto final al infierno de las erratas o del arrepentimiento.

Me gusta que haya blogs de poesía. Algunos autores de estos blogs, inéditos aún en libro (ergo inéditos, stricto sensu), no sólo están regalándonos una poesía de una calidad incuestionable, sino que también suponen un soplo de renovación y aire fresco que ya se echaban de menos por estos ámbitos. Son el mejor escaparate cotidiano para el taller de un poeta, consagrado o no, y por ello cumplen la labor que deberían realizar las revistas de poesía y a duras penas realizan. Como la propia poesía, los buenos blogs discurren por los arrabales, lejos de la oficialidad y las modas y la saturación de los concursos. Pero es difícil pensar que un poeta, con o sin blog, no aspire a ser publicado en libro, y no precisamente un libro electrónico, sino en uno de verdad, con sus páginas, sus cubiertas y su lomo. Puede que los poetas sean contingentes y la poesía necesaria, como quería Bécquer, pero mientras haya poetas sospecho que tendrá que haber (o tendría que haber) libros y editoriales e incluso poetas que publiquen a otros poetas. No creo que Internet, insisto, ponga esto en peligro; antes bien, se impone una convivencia pacífica y una retroalimentación entre la pantalla y el papel. Prueba de ello sería esta página web, única (de momento) en su género. Pero la confusión entorno, la desatención de una crítica cada vez más preceptiva y oficialista, el desinterés de muchísimos poetas por comprar los libros de sus contemporáneos y los círculos cerrados o las escaramuzas de secta sí que se atisban como verdaderos peligros. Hasta el punto de que entrar en una librería de viejo acaso suponga asomarse a un futuro donde sólo los ordenadores, si queda alguno, se acuerden de cómo se hacía un libro.

(Este texto fue publicado originariamente en DVD Ediciones.com, el 10/2/2009)